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Domingo 12 de febrero de 2012 | actualizado a las 09:12 horas |
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Todos con Insulza repiten como loros lo que el golpista venezolano
Un pequeño país centroamericano, uno de los más pobres de la región, dio una lección de lo que deben ser las instituciones que hacen la diferencia entre una republiquita y un Estado, una lección entre lo que significa una sociedad de sinvergüenzas y un pueblo con decoro.
Mel Zelaya como le gustó llamarse cuando no había descubierto las bondades del castrochavismo, creyó conseguir la Piedra Filosofal en la receta del Gran Gorila, al que los tiranos Castro le inventaron una fórmula magnífica para sustituir guerrillas inoperantes, golpes de Estado fallidos y largas esperas electorales, por Asamblea Constituyente, desmantelamiento del Estado y asalto del poder por la vía libre de una democracia aniquilada.
Ese pequeño país nos ha mostrado a un continente que desde Alaska, hasta la Patagonia, se ha postrado frente a un Gorila petrolero, ejecutor de los sueños del agónico tirano Castro. Un continente donde Obama y la señora Clinton se pasan por el forro esa institucionalidad que es la base de la gran democracia norteamericana. Todos, con el indecente Insulza dirigiendo el coro, repiten como loros lo que el sanguinario gran golpista venezolano, ese sí que irrumpió contra la democracia y sí que trató de asesinar a un Presidente legítimamente elegido y sí bañó de sangre a Venezuela, le endilga a una Fuerza Armada hondureña que no derramó ni una gota de sangre mientras actuaba en resguardo de la Constitución y la soberanía de su país. Cínicos encochinados con la tiranía más vieja del mundo, recibida con honores en la OEA.
Una broma que corre por allí, aconseja que importemos testículos hondureños para donarlos a esa milicia roja, en la que el Gran Gorila convirtió a los militares venezolanos, esos que se emocionan viendo irrespetar el Campo de Carabobo por invasores cubanos armados hasta los dientes. Pero ¡Ojo! somos nosotros los que nos estamos calando ese generalato, permitimos ese atajo de cómplices y ese Gran Gorila mandante. Por eso ¡qué pena (vergüenza) con los hondureños!
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